“APARCAMIENTO DISUASORIO”
Mucho
antes de que la estación de autobuses fuera construida, aquella explanada llena
de polvo en verano y de barro y charcos en invierno ya era un aparcamiento.
Luego, en los años ochenta, levantaron el edificio para organizar la salida y
la llegada de los viajeros que iban cada día a Madrid, cuyo número, como el
propio tamaño de la ciudad dormitorio a la que daba servicio, iba en aumento. Esa
fue la razón por la que adecentaron el descampado con una fina capa de asfalto
y lo iluminaron con algunos focos altos, de forma que no se sabía si era más
seguro permanecer en la oscuridad o entrar en la zona iluminada donde se
quedaba totalmente a la vista.
Ahora,
más de treinta años después, las rayas blancas perfectamente alineadas señalan
las plazas de aparcamiento, y los árboles, que inexplicablemente nacen de una
capa negra de alquitrán, protegen los coches del sol del mediodía.
Los
conductores comienzan a llegar mucho antes de que acabe la noche y van ocupando
los sitios por oleadas según marca el horario de salida de los autobuses. Los
primeros viajeros pueden elegir las plazas más cercanas a la entrada de la
estación, mientras que los demás tienen que colocarse en los espacios más lejanos
salvo que con suerte encuentren algún hueco perdido. De este modo, la mancha de
vehículos se extiende de forma radial y su vértice lo configura la puerta
principal de la estación, por la que van entrando resignadamente las personas.
Él,
Rafa, que antes podía ir a su oficina en AZCA caminando, se ha visto convertido
desde hace 10 meses, en un usuario más del Servicio de Transportes Interurbano.
No fue voluntario ni mucho menos, pero su divorcio lo obligó a reducir los
gastos en todo lo posible y, aunque fuera una contradicción lógica, le resultaba
mucho más rentable vivir a treinta y siete kilómetros de su lugar de trabajo que a
uno.
Desde
que se instaló en ese lugar indefinido, sentía un desarraigo enorme. Le
faltaban los referentes familiares y los referentes formales que da un entorno
conocido. Él no podía identificarse dentro de aquella ciudad dormitorio, “de
esa ciudad dormida”, pensaba, y sumergido en la desorientación había encontrado
en las pequeñas rutinas del día un punto de apoyo para no perderse aún más.
Por
las mañanas, era de los que más se adelantaban y se esforzaba por dejar su SEAT
Ibiza rojo en el mismo lugar, debajo del mayor árbol de la extensa playa de
vehículos. La sombra arrojada de aquella enorme copa protegía por completo al
coche y en su interior, Rafa sentía que a él también.
6:40h
Esa
mañana fue escuchando la radio con la atención puesta en enterarse de los
resultados deportivos del fin de semana. Su equipo no iba mal y eso le hacía
albergar la esperanza de que mantuviera la división. Aparcó el coche en su
lugar preferido y se dirigió decidido para llegar al autobús que salía a las
6:50h.
20:50h
Ella,
Marta, no era muy exigente y cada día aparcaba en un sitio distinto, no
prestaba atención a las condiciones de la plaza, le bastaba con dejar el coche
lo más cerca posible del acceso de personas. Esa facilidad de elección era la
parte buena de su trabajo nocturno, la parte mala era que su horario,
contrapeado con el del resto de personas, no le permitía mantener una vida
social normal, porque cuando podía encontrarse con sus amigas lo que realmente
necesitaba era dormir.
Esa
tarde, estacionó su brillante Mini blanco debajo de un gran árbol y pensó que
ese hito la ayudaría a encontrarlo cuando volviera. Apagó el motor y salió
ligera de él para coger el autobús de la 21:00h, pero con el primer paso notó
que algo crujía debajo de su zapato.
-¡Ay!
-llegó a decir.
Entonces
retiró el pie y alcanzó a ver lo que podía ser un reproductor de música
pequeño. Se agachó para recogerlo del suelo y lo frotó contra el vaquero que llevaba.
La idea de que se le habría caído a alguien al subir o bajar del coche cruzó su
mente, estaba claro, pero prefirió quitar ese pensamiento de la cabeza, “ahora
ponte a colgar carteles para encontrarlo” pensó.
Luego,
mientras se alejaba rápido para coger el bus, fue apretando los botoncitos del “chisme”,
quería saber si aún funcionaba.
“¡Mira!
Se ha encendido. Vamos a ver qué tiene esto dentro.”
22:50h
Después
del día de trabajo, Rafa regresó a casa. Lo habitual era que caminara decidido
para arrancar lo antes posible y marcharse, pero hoy lo hacía zigzagueante con
la mirada fija en el suelo. Estaba buscando su mp3. “¡Aquí no se ve nada!”,
pensaba mientras le iba dando la vuelta al SEAT.
No
sabía dónde se le había caído del bolsillo, pero le producía bastante
desasosiego su pérdida, porque ahora los viajes iban a parecer todavía más
largos. Sentía cierta adicción al sonido de ese aparato que le acompañada en
los trayectos, principalmente por la radio que tenía, con la que podía escuchar
a la gente hablar. Voces adultas que parecía que se dirigieran a él. “¡Qué solo
estaba!”
Irritado
por aquella contrariedad abrió la puerta del conductor sin prestar atención, el
resorte hizo el resto al lanzarla contra la carrocería blanca del coche que
estaba al lado.
-¡Bueno
va!
“Paso”
pensó, “ahora un parte al seguro, fijo que me suben la cuota”. “Nada, nada”. Y
se marchó de allí sin apenas mirar el golpe
6:40h
Pero
lo que no esperaba Rafa era que al volver a la mañana siguiente aún estuviera
allí el coche blanco. Así que ahora volvía a tener un problema de conciencia
sobré qué hacer: si aparcar en la otra punta o dejar una nota con su teléfono
para que el dueño contactara con él.
Sabía
que los remordimientos no lo dejarían tranquilo y colocó una hoja sujeta con el
limpiaparabrisas, luego siguió andando como cada mañana. Lo cierto es que dejar
sus datos lo había descargado y hasta relajado, y pudo dormir una buena parte
del viaje aunque no tuviera su radio.
9:10h
Marta
se bajó del autobús frotándose los ojos para ir despertándose antes de conducir
hasta casa. Atravesaba el aparcamiento para acercarse a su coche mientras
pensaba que el mp3 que se había encontrado la tarde anterior no tenía gran cosa,
y que tendría que meterle algo de su gusto para poder usarlo. Aunque eso ya
sería después de dormir porque era lo que necesitaba en ese momento, llegar a
casa y meterse en la cama con las persianas bajadas completamente para que no
entrara el sol.
-¡Pero!...¡Pero
bueno!...¡Joder! ¿Esto es un golpe?...¡Joder! -repetía
mientras pasaba la mano por encima de la abolladura roja.
Ya
no tenía sueño y miraba alrededor queriendo encontrar al causante, como si fuera
a estar allí esperándola. Convencida, por fin, de que allí nadie le iba a dar
explicación alguna, se metió al coche masticando palabras que no se entendían,
cuando leyó a través de la luna:
“Siento el roce en la puerta. Mi teléfono
móvil es 676952249. Rafael”
Más
tranquila, Marta aprovechó el fin de semana para llamar al número que le habían
dejado. Rafa y ella, se pasaron los datos personales y los de los vehículos, además
comprobaron que no iba a ser necesario quedar. Él avisaría a su aseguradora y a
partir de ahí, ella podría llevar su coche a peritar y más adelante al taller.
No
se encontraron, no se vieron, sólo se escucharon a través de sus respectivos
móviles, no era necesario en el tiempo de las nuevas tecnologías, esas que
según anuncian acercan a las personas.
Sin
embargo, ahora cada uno de ellos podía reconocer el coche del otro dentro de la
inmensa explanada de vehículos y sin ser muy conscientes se buscaban cada vez
que entraban en ella.
Por
eso, cuando semanas después Rafa vio que el Mini blanco había sido arreglado, se
sitió bien después de mucho tiempo y se animó a dejarle a Marta otra nota en el
cristal alegrándose por la reparación. Ya ni pensaba en quién tendría el mp3.
A.
Arcas
Diciembre 2015
