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jueves, 8 de diciembre de 2016

SAL

A partir de este Jueves 8 , se puede visitar en el espacio Metrópolis Café la muestra "Sal".



jueves, 2 de junio de 2016

"SOMBRA"

Tirada por el suelo,
lanzada al asfalto de la calle
donde las rayas blancas la cruzan como vendas,
mi sombra, atraviesa la ciudad.

Hundida en la rejilla de un imbornal.
fugaz en el poste de una farola,
metida en los escaparates de las tiendas

Quebrada en la escalera,
obtusa bajando y aguda subiendo la ladera
o, al final del día, sombra inalcanzable en la acera.

Hasta que nos cruzamos por la calle,
y tu sombra engulle la mía, 
entonces, planos en la pared… parecemos uno…


…algo es algo.

Nina Arcas

martes, 10 de mayo de 2016

"SILVINA"

"SILVINA"
Bueno, hasta aquí había llegado más o menos, ahora tocaba subir la escalera. Pasó al portal y una sombra fresca la abrazó. Iba con el peso repartido entre las dos manos, las latas de bonito y los yogures a la derecha, la verdura y la barra de pan a la izquierda. Hoy nadie podría ayudarle a subir la compra,  Juanma, el portero, había comenzado sus vacaciones de Semana Santa hacía dos días y tendría que subirla sola hasta el quinto.
-“¡Empezamos! Uno, dos, tres, cuatro,…”
Los peldaños de madera estaban muy desgastados por el interior, aunque ya lo estaban cuando llegó a la finca con su marido y sus hijas, hace treinta y cuatro años.
-Iré despacio, a ver si ahora voy a rodar.
"Metrópolis" (Acuarela sobre papel Arches)
Pasó por el primer piso con el aliento aún controlado. Ahí colgaba el cartel rosa que anunciaba la “Escuela de Ballet”. Con lo fino y evocador que resultaba y lo estirada e impertinente que era su dueña. Desde luego lo parecía en las reuniones de la comunidad de vecinos, tiesa y envarada con su cuello de pollo. Estaba enfrentada con el viejo vecindario por negarse a aportar su parte para la instalación de un ascensor.
-Estando en  el primero, ¿qué ascensor voy a necesitar? Y desde luego mis alumnos tampoco, que suben los peldaños como gacelas.
Y bien cierto era. Sus alumnos, en su mayoría alumnas, más que subir ascendían, por no decir que levitaban hasta el primero. Pero realmente lo mismo le iba a dar, lo quisiera o no el ascensor se iba a instalar por una mera cuestión de accesibilidad, (tan fomentada en los últimos años por el Ayuntamiento), y porque formaba parte de las obras de rehabilitación del inmueble que tenían que afrontar como consecuencia de la Inspección Técnica del Edificio y que, de hecho, lo previsto era que comenzaran el lunes siguiente.
Silvina siguió subiendo muy despacio con la intención de no tener que llegar a parar. Pasó por el segundo y por el tercero, donde ya no conocía a nadie, porque ahora los pisos se alquilaban y las familias cambiaban cada poco tiempo, salvo que fueran estudiantes, en cuyo caso directamente no paraban en la casa. Esos descansillos más parecían un desfile que un rellano.
Entonces llegó al cuarto, donde vivía su vecino Heliodoro. En ese punto se abrió una puerta y salió el hombre que, tranquilamente, cogió las bolsas de Silvina y empezó a subir las escaleras mientras iba hablando con un acento extremeño que los años en la capital no habían conseguido borrar.
-Bien podía usted haber llamado al telefonillo, habría bajado a ayudarle.
-Voy sin prisa, no corro, pero se lo agradezco igual.
-¿Cómo va el jamón? ¿Pudo empezarlo ya?
-Sí ¡Muy bueno! Lo empezamos este sábado pasado. Mi yerno se entretuvo con él (solícito como nunca lo había visto), cortando para todos.
-Hace falta cierta maña para manejar un jamón. Ya le dije, póngalo en un lugar en el que no haga calor.
-De momento lo tengo en la fresquera de la cocina. Ahí, al frío del patio.
Ya habían llegado al quinto hablando de estas cosas y Silvina buscaba las llaves de su casa dentro del bolsa de tela que llevaba. Le costó encontrarlas tanto, que para cuando las sacó ya había asomado por la puerta su vecina de enfrente, Concha, quien apenas podía salir de casa por la artrosis y necesitaba conversación más que ninguno de ellos.
Y allí estaban los tres, el núcleo duro de las reuniones de vecinos y gracias a los que ya se iba a montar el ascensor. Uno, de los que suben y bajan y paran en los pisos. Vamos, un ascensor con botones, espejo y todo. Ya quedaba menos.
Pasaron los días extraños de la Semana Santa, en los que el silencio se apoderó del tiro de la escalera y llegó el ansiado día. Y llegaron los obreros y los martillazos, los sacos de arena ocupando el portal, los sacos de escombro ocupando la acera, el olor a humedad del mortero de cemento,…
Rápidamente, creció por la fachada un andamio que la envolvió por completo. Luego, descolgaron por él un gran cartel anunciador de una compañía de teléfonos, y ya quedó totalmente tapada con ellos dentro.
En el interior del patio de manzana, ocurrió lo mismo. Silvina vio a través de las cortinas de ganchillo de su cocina, cómo los obreros iban montando otro andamio que cada vez se acercaba más y más a su ventana, hasta que la alcanzó y después la rebasó para llegar a la cubierta. Por la estructura del patio montaron una gran escalera que sustituía a la original mientras la reforzaban e instalaban el ascensor.
Poco a poco se acostumbraron al horario de la obra, los golpes, el polvo, las voces de los hombres que pareciera que estuvieran más dentro de sus casas que fuera. Aunque a decir verdad, donde más tiempo pasaban “trabajando” era en la planta primera, junto a las ventanas de la academia de baile, mirando a través de las mallorquinas cómo las muchachas daban sus pasos elegantes y por lo que la Directora no ocultaba su satisfacción.
Bueno, o eso creía Silvina, porque una mañana a eso de las once, mientras colocaba la ropa de planchar en el armario del pasillo, oyó con nitidez unos ruidos que provenían de la cocina. Despacio, se acercó hasta la puerta entornada y por la rendija pudo ver a un tipo que, más que cortando, estaba apuñalando su jamón sin piedad.
-¿Quiere usted pan? - Le espetó desde dentro.
Rápidamente, la figura del hombre se incorporó. El tipo en cuestión se esforzaba mirando al interior de la cocina, pero no conseguía ver nada hasta que, pasados unos segundos, consiguió enfocar a la anciana.
-Señora - dijo – tiene usted humor. La verdad es que me vendría bien.
No parecía azorado en absoluto más al contrario, se le veía muy tranquilo y resuelto en la situación. Así que Silvina tampoco se violentó y le siguió la corriente.
-No hay problema, yo le pongo el bocadillo y usted me da un par de euros.
El individuo abrió los ojos y entendió que no era el único con facilidad para improvisar.
-Y dígale a sus compañeros que aquí estoy, con el jamón y la barra de pan, para lo que gusten.
Esa mañana llamaron al cristal de la ventana dos albañiles más y Silvina los atendió educadamente y les hizo el bocadillo, cobrando por ello, claro.
Cuando al día siguiente subieron nuevamente a pedirle el almuerzo, ella había ampliado la oferta y ahora también había café y latas frías que había subido Heliodoro avisado por ella. Con el paso de los días fueron repartiendo las tareas, Concha preparaba los bocadillos, Heliodoro abastecía la despensa, y Silvina atendía con cariño y humor a los trabajadores desde los desayunos hasta las comidas.
Un día, cuando subieron los obreros, se encontraron con una mesa y unas sillas en los que descansar cómodamente, y unas macetas con flores de primavera que colgaban y humanizaban el andamio. Aquello se había trasformado en una terraza, un espacio de encuentro de los vecinos y de los albañiles, y ya no se sabía si era interior o exterior ni a quién pertenecía, sólo que era muy agradable estar allí y más aún cuando al atardecer, alguno se decidía a poner algo de música para ambientar el lugar.
De este modo, el centro de atracción pasó de las ventanas de la academia de baile en la primera planta, a la terraza corrida de la quinta.
Y tanto fue así, que una noche del mes de julio, cuando ya sólo quedaban los tres ancianos sentados en el andamio rodeados por algunos farolillos, notaron los pasos suaves y ligeros de alguien que subía. Los tres se miraron en silencio,…
-Buenas noches –oyeron antes de ver la figura que les hablaba.
-Buenas noches –contestaron los tres al tiempo por acto reflejo.
Y así se quedaron mientras veían cómo la silueta directora de la academia de baile se acercaba a ellos amablemente.
-         Me han dicho que merece la pena subir hasta aquí para a disfrutar de la altura.
-         Sí, este es un buen lugar. Puede sentarse con nosotros y así lo comprueba.
-         ¿Quiere tomar algo?. Puedo ofrecerle algún refresco y cortar algo de jamón.
-         Una Coca-Cola estaría bien, gracias –dijo inclinando su flexible cuello de cisne.

A.      Arcas

Enero 2015

sábado, 7 de mayo de 2016

EXPOSICIÓN-Metrópolis


Metrópolis-Café (Guadalajara) ha presentado este jueves 5 de mayo la exposición en tinta y acuarela de Nina Arcas (Madrid, 1975).

La mayor parte de la obra expuesta representa momentos posibles,
escenas veraces que cualquier mujer podría protagonizar sin mayor escándalo dentro de su propia casa.
Un erotismo cotidiano en línea opuesta al exhibicionismo actual que nos invade.

Escenas figurativas en las que una técnica expresionista genera la atmósfera.


"Dime" (Tinta y acuarela sobre papel Arches - A3)


"Hasta aquí" (Tinta y acuarela sobre papel Basic - A3)


"Musarañas" (Tinta sobre papel Basic - A3)


"La parte valiente de pedir ayuda" (Tinta sobre papel Basic - A2 doble)
















sábado, 9 de enero de 2016

"PUENTE MELLADO"

Leve, frágil y esquemático.

El "puente colgado" de Azuqueca resiste esbozado sobre el cauce del Henares.
Hoy queda su reflejo mellado y muchos de sus tablones ya habrán desembocado en Lisboa.

¿Nadie jugó allí?
¿Nadie saltó, rió, merendó, fardó, besó, soñó,...asomado a su pretil?

Quizá un recuerdo ha despertado la memoria,
quizá la memoria de un concejal o un edil.


Acuarela. Arches 300 grms

Acuarela. Arches 300 grms

A. Arcas